5 de julio 2021 à 09h53, actualizado el 7 de julio 2021

Nuestra columnista acaba de regresar de una visita al Kurdistán sirio. Nos pide que no olvidemos a los revolucionarios que están inventando otra sociedad allí y que actualmente se enfrentan a una falta de agua que está tan relacionada con cuestiones geopolíticas como con el cambio climático. Frente a la presión mortal del Estado turco, la solidaridad internacional no debe agotarse.

Lo primero que me salta a la vista en mi regreso a Drôme es el verde. Manzana, esmeralda y brezo. La hierba suave y húmeda de los campos y las hojas aún jóvenes de los árboles, la ligera brisa que aporta un poco de frescor en estos primeros días de gran calor. Luego el río, a lo largo del valle, alimentado por las lluvias primaverales y un invierno nevado, y el susurro, al fondo de mi jardín, del canal de entrada. Finalmente en la casa, el agua, en su lugar, que en un giro de muñeca comienza a gotear desde la tubería hasta el grifo.

Haber experimentado, entre el Tigris y el Éufrates, los largos horizontes amarillos de la paja de los campos de trigo tostados, el polvo seco e insidioso del desierto que sofoca tu piel y hace que todo se impregne, las tormentas de arena y el pesado sopor de un cielo plomizo, sin una isla de sombra, a más de cuarenta grados. Haber recorrido las ruinas que quedaron intactas para el recuerdo en Kobane y los estragos del dolor aún presentes por doquier en Raqqa, haber bordeado los callejones de los cementerios de los mártires y haber visto la combustión espontánea de un vertedero al aire libre, permite apreciar la inaudita comodidad de la que disfrutamos aquí. Siento la indecencia en la punta de los dedos, desgarrada entre el alivio y la parte moral que debemos a los que se quedaron allí.

 

Tras la guerra contra Daesh, una autonomía por construir

 

Acabo de regresar de una misión de dos semanas en el noreste de Siria, con paso por el Kurdistán iraquí. Días recorridos por Rojava, Raqqa y Kobane con una delegación de ocho personas, miembros de cooperativas, municipios y ONG reunidos en torno al proyecto Jazmines, que iniciamos hace varios meses con la Fundación Danielle Mitterrand para tender puentes entre este territorio autogestionado y participantes franceses. Los proyectos identificados con nuestros socios locales son variados y las necesidades innumerables, desde la búsqueda de un ideal democrático y feminista en acción hasta la reconstrucción tras la guerra contra Daesh, que ha dejado muchas zonas en ruinas, pasando por la gestión de residuos, los equipamientos culturales, los proyectos de cine y biblioteca, las cooperativas de mujeres, los proyectos agrícolas y de reciclaje, y los problemas de drenaje y saneamiento del agua…

Necesitaría más tiempo y energía, más distancia de la que tengo hoy para hacer un relato completo. Lo que vimos, las personas que conocimos, los proyectos apasionantes y las situaciones extremadamente precarias nos obligan. Pero ante la urgencia de estar a la altura de las circunstancias y la falta de tiempo para volver, me quedé atónito. Sabiendo sólo plantar flores, semillas de preocupación espigadas en Jinwar y Kobane, sin poder escribir una línea, sufriendo la vanidad de nuestras preocupaciones y saltando de un compromiso a otro, planeados antes de mi partida, en piloto automático. Así que el momento del análisis llegará más tarde, pero hay un clamor y unos testimonios que no pueden esperar a compartirlos.

 

La sequía de Turquía y los golpes bajos

 

Tras dos buenos años de lluvias y cosechas, el norte de Siria vive otro episodio crítico de sequía. Como hemos visto, las temperaturas son ya sofocantes y el trigo sigue siendo escaso en los vastos campos de cereales instalados por el régimen antes de la autonomía, proclamada en 2013. El monocultivo intensivo es una herencia maldita, y aunque el trigo sigue siendo a menudo el principal recurso, poco a poco se van estableciendo cultivos alimentarios más diversificados, a través de cooperativas locales y de vastos proyectos de autogestión destinados a ganar autonomía alimentaria, como esas vastas líneas de patatas y cebollas que pudimos visitar en Dirbesiye. Pero sin agua, estos proyectos están condenados. El calentamiento global, por supuesto, tiene la culpa. Aquí, como en otras partes, se está sintiendo, pero aquí,  más que en otras partes, sus vínculos con cuestiones geopolíticas y su impacto en seres humanos, en un país que ya está tan dañado, son importantes.

El agua, un recurso estratégico, se ha convertido en arma de guerra. El Estado turco, aguas arriba del Éufrates, ha emprendido la construcción de una miríada de nuevas presas -como la de Illisu, en el Tigris, a la altura de Hasankeyf- y bloquea el agua, a pesar de un acuerdo firmado en 1987 con Siria que estipula un caudal mínimo. Desde finales de enero, el caudal en el lado sirio es menos de la mitad del necesario para que funcione la presa de Tishreen, al norte de Alepo. Es la primera vez desde que se puso en marcha en 1999. La presa de Tabqa, más al sur, también está en su punto más bajo. Doscientas estaciones de agua potable dependen del Éufrates.

En la provincia de Heseke, un millón doscientas mil personas ya están privadas de agua corriente. En la Oficina del Agua, su copresidente nos explica que la electricidad necesaria para el funcionamiento de la estación de Alouk es desviada río arriba por los milicianos asociados a Turquía en los pueblos que ocupan. También atestigua que desde que Turquía ocupó las regiones de Afrin, Serêkaniyê y Girê Spî, el agua que llega al cantón de Heseke ha sido cortada 13 veces. Rusia, garante de los acuerdos de alto el fuego con Turquía en 2019, no hace nada, nos dice finalmente, para obligar a Turquía a respetar los términos.

 

Con el agua va la corriente

 

Allá donde íbamos, los cortes de luz eran muy frecuentes. Más, me pareció, que durante mis anteriores visitas allí en la primavera de 2018 y el verano de 2019. El cierre total de estas dos presas sería una catástrofe. Privaría a tres millones de personas de electricidad y a más de cinco millones de personas de agua potable. Causaría la ruina de muchos agricultores en Alepo, Raqqa y Deir ez Zor. El resurgimiento de enfermedades relacionadas con el agua contaminada, la diarrea y los casos de leishmaniasis, ya ha comenzado y afectan a un número creciente de niños en Kobane. Todo ello en plena pandemia de Covid-19, al comienzo de un verano que promete ser abrasador.

Todas estas cuestiones, hasta el punto de cuestionar la propia utilidad de la ayuda transfronteriza -¿cómo es posible?- se han debatido en el Consejo de Seguridad de la ONU. La autogestión del noreste de Siria está implacablemente alerta y a principios de mayo pidió una presión diplomática urgente sobre Turquía. Necesita dos generadores para evitar que la presa de Tishreen sufra daños permanentes en caso de corte total de energía. Necesita ayuda para desarrollar proyectos alternativos, listos sobre el papel, para reducir su vulnerabilidad y dependencia del Éufrates. Apela a la ayuda humanitaria, bloqueada por el régimen de Damasco, los vetos de Rusia y China, los embargos de todas las partes y la falta de reconocimiento internacional de la autogestión.

Manbij, Kobane, Raqqa, Deir ez Zor. Todos hemos escuchado estos nombres. Nombree de millones de personas cuya lucha y resistencia a Daesh el mundo ha seguido. Cuyo dolor y muertes el mundo entero ha llorado en las pantallas de televisión, cuya victoria sobre el oscurantismo y el terror el mundo entero ha aplaudido como un solo hombre. Millones de personas, que han venido a refugiarse desde toda Siria y que están experimentando, contra todo pronóstico, otra forma de vivir la democracia, de convivir pacíficamente entre mujeres y hombres, árabes y kurdos, cristianos, musulmanes y yezidíes.

 

¿A quién le importan ya?

 

Voluntarios Internacionalistas de la campaña Make Rojava Green Again posan entre los cultivos de la Comuna Internacionalista de Rojava en la primavera de 2020. © Make Rojava Green Again

Pronto transmitiré otros comentarios sobre nuestra misión y el proyecto Jazmines. Para informarles, el Centro de Información de Rojava (RIC) está presente en el lugar, en Qamishlo, y la web francesa Rojinfo transmite regularmente información de la Administración Autónoma, pero también del Kurdistán iraquí y de Turquía.

Los que puedan permitírselo, también pueden apoyar a estas organizaciones: la Unión de Organizaciones de Ayuda y Asistencia Médica (UOSSM) https://www.uossm.fr/qui-sommes-nous, Roja Sor  https://rojasorfrance.com/ y la ONG italiana presente en el noreste de Siria Un Ponte Per https://www.unponteper.it/en/category/globe/sy/

Fuente: https://reporterre.net/Apres-avoir-combattu-Daech-le-Rojava-a-besoin-de-notre-solidarite